Amanecer.

Octubre 27, 2007

369426440_9c9089a1f7.jpg

Es el cielo de este momento,

Que no es noche que acaba, que no es día que empieza.

Que sólo nos pide ser lo que es.

Que los dos le llamemos alba y no más.

foto: “Trigo y sol” Flickr.com usuario: Von Kinder.

La primera vez.

Octubre 12, 2007

Él abrió su boca tan grande como pudo, la pegó a la mía y metió su lengua, la estiró tanto como si su meta fuera alcanzar mis amigdalas. Así fue mi primera experiencia con un hombre, tenía yo 19 años, y sucedió en mi cuarto. ‘Esto es lo que se siente cuando se besa a un hombre’ pensé, y yo veía su cara tan cerca de la mía que podía oler su piel, olía a sudor, era una noche de julio, imagino que todo ese calor fue lo que me dieron ganas de buscar un hombre por primera vez, ya había tenido pláticas virtuales y sexo telefónico, pero nunca había tenido la cara de un hombre tan cerca que podía olerlo, y este olía a sudor, no era un hombre en realidad, era un muchacho, de mi misma edad, pero al parecer más aventado y avorazado que yo. Sus ojos estaban cerrados mientras me besaba e intentaba tener la inclinación correcta sobre mi, los dos tratabamos de aprender, él quería aprender, yo quería saber si realmente quería aprender, pero cuando apenas me lo preguntaba ya tenía a este muchacho sobre mi, por eso tenía los ojos abiertos cuando se inclinó, aún no sabía esa regla tácita ‘durante un beso hay que tener los ojos cerrados’, esa la aprendí luego, con él y con otros.

Me había asegurado de cerrar bien la puerta, luego prendí el radio, subí el volumen pero no al máximo para no levantar sospechas, nos sentamos en mi cama porque no tenía donde más, de todos modos ahí habríamos de terminar, su nombre lo tenía muy bien aprendido, ya habían pasado varias semanas que hablábamos por internet y teléfono, y apenas hace dos horas acordamos conocernos, los dos estábamos calientes, yo estaba caliente y por primera vez besaría a un hombre, y sería dentro de mi casa, lo besaría a él que conocía su voz, su nombre y lo que estudiaba, no necesitaba más, lo besaría dentro de la casa donde yo vivía, una pensión estudiantil cerca de mi universidad mientras en el piso de abajo mis caseros veían televisión en su sala. No me importaba que nos vieran entrar juntos, ‘es una amigo de la escuela’, el truco de pedirle que trajera una mochila o unos libros de lo que fuera había funcionado, trajo un libro de macroeconomía, aún y cuando yo estudiaba ingeniería, pero nadie le tomó importancia a la falla del engaño, ni siquiera yo.

Tocó mi entrepierna, yo ya estaba excitado desde hacía mucho, desde que nos vimos en la esquina cerca de mi casa, tenía una erección, trataba que no se notara porque estábamos en plena calle, pero la de él era más visible. Me recostó en la cama mientras tocaba mis genitales sobre la ropa, besaba mi estómago mientras me desabrochaba el pantalón, sus manos acariciaban mi pubis mientras él metía mi pene dentro su boca, pasaba su lengua sobre mi glande, mientras yo sentía por primera vez una boca. Una boca en mi boca, una boca en mi pene erecto.

En estás primeras relaciones todo debe ser equitativo, yo te beso asquerosamente, tú me besas igual, yo te hago sexo oral por dos minutos, tú me lo haces por los mismos dos minutos, así me lo dijo, así lo hice, aunque ya sentía eran demasiadas sensaciones para una noche de verano, deseaba seguir teniendo mi pene en su boca, los besos? esos no fueron tan buenos, y lo supe hasta después; así como tampoco sabía lo que era hacer sexo oral, el sabor tan extraño y desagradable, la vista de sus vellos, mis dientes se incrustaron en él, gimió, ‘eso es morder’ me dijo, morder no está permitido, aprendí. Empecé a aprender.

No duré más de 15 minutos, tenía que explotar, ya sea que estuviera él aquí conmigo o que estuviera solo acostado tocándome, tendría que explotar, de una u otra manera, su presencia y la primera sensación del tacto aceleró el final, me besaba el cuello cuando terminé y yo veía a través de la ventana la ciudad que encendía las primeras luces, a partir de ahí no quería saber más de él ni su olor, la culpabilidad, aún hoy agradezco por mis culpabilidades, ¿qué habría sido de mi sino hubiera pasado esa noche en vela pensando ‘ya está hecho, no hay vuelta atrás’?, todas las suposiciones y justificaciones se desvanecieron cuando eyaculé, pero a cambio, para no dejarme desamparado, me presentaron a la culpabilidad, que sólo fue cómplice porque no hice más caso que el del momento, no me torturé cuando lo busqué otra vez, y mucho menos cuando busqué a alguien más, pero siempre regresaba justo cuando yo terminaba, y yo no quería saber nada más de ellos ni sus olores, sólo de mis culpabilidades.

Él se masturbó en el baño y a tientas buscaba mi ropa en el piso, trataba de no verlo a los ojos, pensaba que sería la última vez que lo vería, la verdad no me parecía atractivo, y sé que yo tampoco a él, no importaba, nos encontramos cuando nos necesitamos, nos saciamos uno al otro. Me equivoqué, nos vimos varias veces, siempre en mi casa, siempre en mi cama, siempre con el mismo libro del engaño.

‘Entonces, hablamos después, Beto’ me despedía en la puerta de mi casa, ‘en realidad, no me llamó Beto sino Daniel, perdón por no decirlo antes’, no importaba, no importaba porque aprendí la lección más importante de los encuentros casuales, todos mienten, y yo también empecé a mentir. Aprendía.

Lunes, 12 de agosto.

Ayer de tarde estábamos sentados junto a la mesa. No hacíamos nada, ni siquiera hablábamos. Yo tenía apoyada mi mano sobre un cenicero sin ceniza. Estábamos tristes: eso era lo que estábamos, tristes. Pero era una tristeza dulce, casi una paz. Ella me estaba mirando y de pronto movió los labios para decir dos palabras. Dijo ‘te quiero’. Entonces me di cuenta que era la primera vez que me lo decía, más aún que era la primera vez que lo decía a alguien. Isabel me lo hubiera repetido veinte veces por noche. Para Isabel, repetirlo era como otro beso, era un simple resorte del juego amoroso. Avellaneda en cambio, lo había dicho una vez, la necesaria. Quizá ya no precise decirlo más, porque no es un juego: es una esencia. Entonces sentí una tremenda opresión en el pecho, una opresión en la que no parecía estar afectado ningún organo físico, pero era casi asfixiante, insoportable. Ahí en el pecho, cerca de la garganta, ahí debe estar el alma, hecha un ovillo. ‘Hasta ahora no te lo había dicho’ , murmuró, ‘no porque no te quisiera, sino porque ignoraba porque te quería. Ahora lo sé’. Pude respirar, me pareció que la bocanada de aire llegaba desde mi estómago. Siempre puedo respirar cuando alguien explica las cosas. El deleite frente al misterio, el goce frente a lo inesperado, son sensaciones que a veces mis módicas fuerzas no soportan. Menos mal que alguien explica siempre las cosas. ‘Ahora lo se. No te quiero por tu cara, ni por tus años, ni por tus palabras, ni por tus intenciones. Te quiero porque estás hecho de buena madera’. Nadie me había dedicado jamás un juicio tan conmovedor, tan sencillo, tan vivificante. Quiero creer que es cierto, quiero creer que estoy hecho de buena madera. Quizá ese momento haya sido excepcional, pero de todos modos me sentí vivir. Esa opresión en el pecho significa vivir.

“La tregua” Fragmento.

Mario Benedetti