Hace dos semanas, estaba en casa de un amigo, uno de mis mejores amigos, me atrevo a decir, viendo el futbol, el partido era verdaderamente aburrido pero servía como pretexto para beber cerveza, él acostado en el sillón de 3 plazas y yo en una posición entre sentado y acostado en el sofá, en el medio tiempo barajeando los demás canales caímos en la película Philadelphia, no había mucho que decir, hacía bastante calor para estar en otoño y el sol que entraba por las dos ventanas de la sala no nos ayudaba mucho, Antonio Banderas, tan tibio como siempre, salía a escena en ese peculiar papel que poco participaba pero era uno de los pilares del personaje principal, viendo a ese Banderas tímido y enamorado de Hanks, fue cuando mi amigo dijo “la verdad es que creo que soy homofóbico…”, no me sorprendió pero tampoco me lo esperaba, mi amigo nunca había demostrado un criterio muy amplio ante muchas cosas, aunque siempre se había mostrado respetuoso e inteligente con la gente que no compartía sus ideas, convicciones o gustos.

Yo respondí sin dejar de mirar la película “ah si? y eso?”, no me sentí acorralado por la observación, a veces entre él y yo, hacemos ese tipo de comentarios bastante honestos pero que salen practicamente de la nada. “No sé, pero me parece que el mundo sería uno mucho mejor si los homosexuales no existieran”, entonces me dio miedo, es increible que le temas a uno de tus mejores amigos, pero me tranquilicé una vez que me di cuenta que el escenario en el que mi amigo me persigue con perros hambrientos en las calles de la ciudad, como nazi a judío era realmente ridículo. Me sentí triste, el resto del día tuve esa sensación tras de mi, en la nuca, ese malestar en el que sabes que no todo está bien, y supe que a partir de ese día las cosas ya no son iguales.

El partido terminó, más gente llegó al departamento, ellos traían mucha cerveza, fue una muy buena noche, tomamos, departimos, nos reímos bastante, escuchamos música y cantamos, cuidamos al mala copa, y estuvimos ahí hasta el amanecer, en resumen, una buena noche de juerga con los amigos. Aún así, en mi cabeza, seguía esa silueta oscura, como cuando ves el sol directamente y te sigue la alucinación por unos instantes, mi amigo acostado en el sillón con su botella en mano diciéndome que los homosexuales no deberían existir.

Al otro día en la tarde cuando cada quien se había medio recuperado en sus respectivas casas de la cruda, me llamó porque pasaría por mi para ir a la comida-festejo de una amiga, me preguntó como me había ido con la resaca y otras cosas, hablamos de todo y nada, quedamos a cierta hora, colgué y decidí… decidí que él sigue siendo mi amigo, lo estimo, sé que es una persona que vale la pena, pero sinceramente ya no quiero que sea ese tipo de amigo que uno guarda por muchos años, que intenta al menos por teléfono o correo seguirle la pista, y que dos o tres veces lo visitas donde quiera que viva porque resultó por casualidad que ese fin de semana estarías en su ciudad. Triste o afortunadamente para los dos poco a poco dejaremos el contacto.

Saludos

H.

Aclararé algunos puntos antes de hablar sobre esta novela de David Leavitt: carezco de una bibliografía de novelas con temas gay, y no porque no quiera, sino porque en la biblioteca de mi universidad no existe ese apartado en los estantes, así que investigué cual sería un buen exponente de este tema, y en casi todas mis búsquedas este autor resultaba nombrado, decidí comprarme el libro, aún y cuando lo consideré bastante caro para la presentación y la cantidad de material, al fin y al cabo es un libro de importación española porque en México no existe editorial que nos lo ofrezca.

El libro es presentado como un manuscrito que guarda uno de los protagonistas, ya en su época anciana, como único rastro de aquella historia, donde él, Brian, había vivido una especie de relación amorosa con Edward, en la Inglaterra del tiempo de la Guerra Civil Española.

El Brian anciano va desaparaciendo de nuestras mentes a medida que el Brian de 23 años va narrando la historia de manera más pasional y arrebatada, al menos tan arrebatado como un inglés burgués de los años 30 podía ser. La historia deambula entre estratos sociales, y todas esas pequeñas grandes diferencias que conlleva, Edward de 19 años es un obrero de una estación de trenes, falto de educación pero no por eso menos inteligente, se interesa ingenuamente pero honestamente en el incipiente movimiento Brigadista Comunista Inglés que habría de internarse en la Guerra Española, en cambio Brian un escritor padece de bloqueo artistico y vive mantenido por una tía, sin temas que le pongan el cerebro a funcionar, decide asistir a una junta comunista, donde conoce a Edward.

Y en un movimiento que al menos a mi me pareció poco lógico, pasaron del mal sexo, a interesarse uno en el otro y después a compartir un departamento. Edwad ligeramente a la defensiva por la educación y snobismo de Brian, lo acoge en su corazón con los brazos abiertos, le presenta a su triste familia y trata de quererlo, tal como se lo dicta su entendimiento.

Brian es un cobarde, como aquel que no da un paso sin saber que será un paso en firme, descarta una homosexualidad, y la considera una fase de juventud, dejando crecer la relación con Edward, secretamente se hace ilusiones falsas con una mujer, la cual a sabiendas de su orientación y del nulo cariño que le tiene, lo rechaza.

Al parecer, el miedo y el engaño, es el pan nuestro de cada día en las relaciones gay, Brian y Edward no tenían mayor seguridad que la que les daban esas cuatro paredes, la vida juntos fuera de ese cuarto, no existía, aunque Edward sin saberlo y sin proponérselo, había llegado a ilusionarse. El descubrimiento de la mentira es el detonante de la segunda mitad del libro donde Edward se enlista en la Brigada Española y pelea por unas convicciones que no posee, el autor nunca me convence de un Edward comunista, y el aventurarse a una guerra por desamor no es una acción natural de sus personajes, al menos no me lo parece. Brian es un poco más creible, sólo se arriesga a hacer algo hasta que Edward clama su ayuda.

El resto es un ir y venir clásico de guerra, el amante que en busca de recobrar un amor viaja al mismo centro de la barbarie humana, mientras el otro casi moribundo es ya el resultado de los pecados de los hombres, bien contado a secas, aunque la parte donde un tercero les ayuda en una suerte de hada madrina gay, es honestamente increible y tonto para esta historia.

Siempre me han gustado las historias nostálgicas, por lo que el cierre del libro, donde regresamos al Brian viejo, y habla de otra relación más humana y fallida, y recuerda con cariño a Edward y su familia, quienes terminan aborreciéndolo, es por momentos conmovedora, aunque mientras te vas acercando a esas partes, puedes oler lo que viene, Leavitt sabe muy bien su oficio pero no sorprende ni propone.

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