Sobre el miedo.

Enero 20, 2008

Ayer llamé a la Clínica cercana a mi casa, me contestaron en el conmutador, – Clínica X, Buenas Tardes -, – me comunica al departamento de laboratorios por favor, ahí me pueden dar informes sobre los tiempos y costos de los examenes ¿verdad? -, no le iba a decir a esa desconocida de voz melosa pero aburrida que preguntaría sobre la prueba del VIH, quería saber que tan pronta y que tan cara era. – Si claro, ahí le pueden informar. Le comunico. -, empecé a escuchar la cancioncita de espera.

Yo, en un rincón de la oficina con las luces apagadas a pesar de que el día nublado me indicaba que había que iluminar todo el cuarto, siempre he sido de esas personas que demuestra en el exterior lo que siente o piensa dentro de si mismo sin darse cuenta, estaba yo totalmente encorvado sobre mi escritorio, casi abrazando la mesa, como el perro que se cubre y protege cuando espera un golpe, agazapado en la esquina más lejana de todas las cosas, a un lado de la resolana que entraba por la ventana. Me sentía solo y castigado. La canción de espera seguía, ya llevaba un minuto y no tomaron la llamada, la quise interpretar como una señal, colgué. Sentía alivio de no saber más nada de la prueba, al colgar todo se desvanecía, era como si el pensamiento nunca me hubiera asaltado, si la duda no existiera, eso es mejor que enfrentar las cosas, es la pequeña y falsa zona segura, negar todo. Me sentía solo.

Tengo 24 años, y he sido sexualmente activo los últimos cinco. La primera persona con la que experimenté fue mi compañero sexual por varios meses, con él probé basicamente todo, nunca nos acercamos de otra forma que no fuera esa, digamos que en otras circunstancias no hubieramos sido amigos, nos separamos cuando supe que él tenía otros compañeros sexuales y de ahí en adelante sólo he tenido encuentros casuales, siempre había tratado de no llegar al punto de la penetración, era mi manera de mantenerme a salvo, pero eventualmente sucedió, más veces de las que yo pudiera contar. He tenido cuatro encuentros sexuales sin protección en los que he participado como activo y de alto riesgo. Sobra decir e imagino que se infiere que nunca he tenido una relación sentimental.

He buscado y leído información en la red sobre la prevención, estadísticas y probabilidad del contagio, cada vez busco ideas y datos reconfortantes y descartar así el hacerme la prueba, como que el activo tiene menos chance de contraer el VIH, que el que consume drogas está más expuesto al contagio por su enajenación en el momento del contacto, que el condón es 99% seguro, que el sexo oral es casi descartado como vía de contagio del virus, buscaba testimonios de seropositivos que se alejaran totalmente de mi, que ellos no fueran lo que yo, que no vivan donde yo, infantilmente me trato de erradicar de todo, pero al fin y al cabo toda la información resume que el examen es la única manera de descartar la el virus.

Todas las páginas de centros de salud, periódicos, centros de ayuda, blogs, dicen eso, hacerse la prueba, “supera el miedo, ten valor y házte la prueba”, suena tan fácil, pararse un día en un laboratorio, una muestra de sangre y en 20 minutos o un día, ahí está tu hojita de papel con una sola palabra importante: Positivo o negativo. No le reclamo a nadie ni reprocho nada, yo soy responsable de mis actos, lo sé, pero ¿Cómo manejar la sensación en el estómago cuando te paras en el hospital y con toda la pena del mundo pensando que todos te observarán cuando pidas una prueba para VIH?, ¿Cómo no interpretar la mirada de la enfermera como acusadora?, ¿Quién me asegura que no pensaré en mi padre, en mi madre, en mi hermano, en mi abuela, gota a gota cuando se va llenando el tubo con mi sangre?, ¿Podré ingeniarmelas para mantenerme en una pieza mientras transcurre el día?, ¿Cómo abrir el sobre al recibirlo, leerlo a la salida del hospital o mejor guardarlo en algún cajón y leerlo un día de estos, o romperlo?

Quisiera defenderme ante el juicio de quien lee, pero lo único en que puedo pensar son las cosas que me faltan por hacer, decirle a mi familia quien soy y ayudarlos a aceptarlo, algún día pagarme un viaje a Europa, comprarle un auto lujoso a mi padre, darle una casa a mi madre, que mi hermano me regañe porque consiento mucho a sus hijos, hacer profesionalmente todo lo que mi capacidad me deje hacer, poder vivir holgadamente, escribir el libro que siempre he querido aunque nadie lo lea, que me rompan el corazón, enamorarme de alguien, y él este enamorado de mi, vivir con él, pelearme con él, dormir con él. En cierta manera creo que la sociedad, y más esta sociedad latinoamericana es la que nos condena y nos ha dado la soga para que nosotros mismos subamos al patíbulo y nos dispongamos a la muerte.

Es mejor saber ahora y no después, yo lo sé, que la calidad y duración de vida aumenta con la detección temprana, que el VIH ya no es enfermedad mortal sino crónica, yo lo sé, también sé que hago mal. Pero es el miedo, el maldito miedo y no sólo a la muerte sino a todo lo que el virus y la enfermedad conlleva. La condena, la discriminación, la merma de la salud, las cargas retrovirales, enfermedades oportunistas, la vergüenza que haré pasar a mi familia, la pena a mi madre, la ignorancia de la gente etc etc. Es el miedo a saber que yo mismo fui el que me quitó el derecho a hacer lo que quiero de mi vida.

Por todo esto prefiero tontamente la duda, al menos por ahora.

Lo acepto, además de tener mucho miedo… me siento solo.

Saludos

H.