A pesar del sabor de boca agridulce que me dejó “Mientras Inglaterra Duerme” decidí leer otro libro de David Leavitt, no puedo negar que su prosa es talentosa y de ritmo ágil además de algo elegante.

El cambio de ambiente es drámatico, ahora la historia se desarrolla en el Nueva York ochentero, durante toda la paranoia ante la nueva enfermedad de los homosexuales, el Sida, el mundo empezaba a aprender lo que era el virus, y una nueva forma de discrminación ante la comunidad se gestaba. Es de agradecer que Leavitt apenas y toca el tema, y no propone una historia más alrededor de la epidemia.

La novela nos presenta la premisa principal desde un principio, la primera vez que Owen entró a un cine porno gay y deseó estar con uno de aquellos que se proyectaban en la pantalla o con alguno de los cuerpos anónimos que se encontraban cerca de él, optó por masturbarse. Una vez que todo había pasado encontró su penitencia y solución al salir corriendo del teatro, dirigirse sin demora a su casa y tener un sexo mecánico y casi violento con su esposa Rose. “Sálvame Rose”, y la ingenua mujer sin entender sólo atinaba a decirle “aquí estoy, aquí estoy, nunca me voy a ir”, cada uno extrapolaba sus propias necesidades a las necesidades del otro.

La extraña relación de Phillip con su madre empieza a tomar tintes de recelo, vergüenza y arrepentimiento desde los años de Roma, y se viene desarrollándose a lo largo de todo el libro, que toma su punto culminante durante la cena en casa de los padres, donde Phillip confronta a su madre por su poca empatía a su situación y ella sin más le afirma su repulsión al tema.

La historia es algo risible en inicio, un padre y un hijo, ¿los dos homosexuales?, increíble pero posible al fin y al cabo, y así sucede con Phillip el hijo y Owen el padre.

Phillip se enamora perdidamente de Elliot un pseudo-hippie mezclado con snob que termina demostrando su carácter narcisista, esta relación es clara muestra de esas primeras relaciones fallidas por la que el hombre homosexual de hoy tiene que pasar (al menos la mayoría), por el hecho de que no aprende el arte de las citas y el flirteo a la misma temprana edad que todos los demás, Elliot es la contra parte de la especie gay que Phillip representa, es el alma libre y autoaceptado sin problemas que no puede echar raices porque su carácter no se lo permite. Eventualmente Phillip conocerá otro tipo de relación no tan pasional ni sentimental pero más duradera y segura.

Rose es el personaje más complejo de toda la trama, y es uno de los mejores logros de este libro, Leavitt logra darle los matices que hacen que no la hacen caer en el típico papel de la mujer víctima abnegada que todo lo aguanta.

El libro cierra como se esperaría, sabemos que algo pasará, que llegamos a un punto sin retorno en el de por si ya lastimado balance de las vidas de los tres personajes, Owen toma el papel de niño desprotegido que llora sin parar, Rose aprenderá a ser la nueva villana del cuento con todo su resentimiento guardado y tiene todo el derecho a ello y Phillip es ahora la persona madura, el que guiará tanto a su padre como a su madre en esta nueva étapa de sus vidas. Desafortunadamente, el autor nos da a entender que empieza a tomar el impulso para el cierre de la historia, pero desacelera poco a poco mientras nos acercamos a la última página, donde simplemente nos deja sin nada; esto no es de sorprender, porque la situación puede tener muchas aristas, muchas versiones, es imposible (al menos para mi) imaginar un final definitivo y lógico para este cuento.

Uno de los criterios para considerar a un libro como un buen libro es la sensación que te deja inmediatamente después de leer la última frase, si es un buen libro uno sigue con la inercia de la historia en la mente, con este libro me desconecte después del punto final, por lo que creo (y perdón por el juicio de valor tan infantil) que este libro no es tan bueno, porque a pesar de sus intentos falla en hacernos creer que esta historia realmente puede pasar.