… he elegido en todo momento mi propio destino, que no es otro que morir aquí, en este jardín petrificado tras las cancelas y las puertas cerradas a cal y canto, cerca de los huesos de mi padre, en un espacio en el que resuenan los ecos de los himnos que podría haber escrito, pero que no escribí por creer que eran demasiado fáciles.

J.M. Coetzee

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Hoy he vuelto a soñar lo mismo. Estoy acostado en su cama viendo a través de la ventana el jardín trasero. Es de noche. Las sábanas son blancas y siento (no oigo ni escucho), siento su respiración junto a mí. No me es necesario verlo, por el contrario me concentro en el viento que cruza y toca los arboles, las plantas, la cerca, la ventana, su casa; su casa donde está su cama, donde estoy acostado junto a él. No me es necesario verlo porque sé que detrás de mí su mano dormida toca levemente mi cabello. Estoy feliz. Sólo siento su respiración que recorre las sábanas blancas mientras veo a través de su ventana el jardín trasero. Cuando se sueña no se es sino que se está. Desperté.

Desperté con la boca seca en este cuarto sin ventanas. Busqué mi medicina pero recordé que tenía la caja vacía desde hace dos días. Necesito un trabajo, necesito bañarme y quitarme este olor a saliva seca de mi cuerpo. Saliva de la aventura de anoche, el nombre aún no lo he olvidado aunque sé que no le volveré a ver.

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Mi psiquiatra me ha dado unas muestras médicas suficiente para una semana. Todo vuelve a ser como antes. La sensación de posibilidad se desvanece. La luz del día se nivela y los colores de los cosas menguan. Todo tiene el color del atardecer que muere y de la noche que regresa una vez más. Es seguro que no habrá angustia. Es seguro que podré dormir. No sé lo que pensaré mañana ni lo que querré. Lo que si sé es que cualquier sueño será olvidado.

No puedo más. Nadie puede más.

H.