No recuerdo si fueron tan sólo unos meses después o tal vez hasta un año de haberlo visto por última vez que me disponía a dejar la ciudad. Nunca me hice de mucho durante todo este tiempo. Siempre me pensé un cuidadano pasajero del lugar. Mis pertenencias cabían en exactamente dos maletas. Todos los muebles de mi cuarto donde David y yo hacíamos el amor o teníamos sexo, depende en que momento cuente la historia, eran del arrendador.

Para ser honesto, David era ahora tan sólo parte de toda la marcha de personas que se habían cruzado en mi vida estos tres años y que transitaban en fila por mi mente ahora que me mudaba. Su turno llegó mientras cerraba los cierres de las maletas y de reojo ví que el cuadro del bote solitario en medio de un río en blanco y negro aún estaba ahí. Después de cada visita de David  me quedaba haciendo la cama otra vez antes de regresar al trabajo, entonces veía el cuadro por unos segundos  y me sentía un poco solo. No era una soledad atribuida a la tristeza del sexo casual sino mas bien la de aquel que acaba de acostarse con la persona que quiere  y se resigna a aceptar lo inevitable a solas, a tomar un poco de aire y decir ‘vaya que estoy jodido, porque estar contigo me hace feliz’. Es la soledad del que se enamora de un hombre con pareja.

Un año despues creo ver a David bajo una luz mas clara. Un año después de la última vez que le ví desnudo me dispongo a mudarme una vez más y dejar esta ciudad, esta ciudad donde paso tanto. Esta ciudad representa los tres mejores años de mi vida. No los mejores porque todo haya sido bueno, sino porque creo que he madurado. Es complicado explicar este tipo de madurez, pero mis experiencias durante este tiempo definen el hombre adulto en el que me estoy convirtiendo. Aquí fue cuando tuve mas amigos, cuando conocí más del mundo, cuando tuve las peores decepciones profesionales, cuando más me divertí, deprimí  y cuando mas evité a mi familia. Ahora veo que David no representa una relacion fallida sino que me hace ver lo putamente inseguro que soy y que a mis casi treinta años será difícil superar. Estaba yo ahí aún ilusionado en ese departamento vacío porque al pensar en David, nada era recuerdo, todo era pregunta ¿Se acostaría David conmigo ahora que traigo unos kilos más?, ¿ Cómo es que se llama su pareja? porque él nunca me lo quiso decir. ¿Alguna vez piensas en mí David cuando estás sentado en el bote solitario en medio del río en blanco y negro? David, como una ilusión del pasado, me hace ver que he dejado que mi sexualidad sea gran parte de lo que me define como hombre y me temo que seguirá siéndolo por un tiempo más.

Me siento en el sillón del departamento con las maletas listas. Esperando a mis amigos que me llevarán al aeropuerto donde un vuelo a Philadelphia me espera. Tendré un nudo en la garganta porque siempre me ha sido difícil controlar la mezcla de emociones típicas de aquel que se marcha para no volver. Del que viaja para hacer y ser en diferente lugar, con diferentes personas. Creo que tendré un universo paralelo en la nueva ciudad. Pasaré por exactamente las mismas situaciones con versiones nuevas de las personas que conocí aquí. El timbre suena y tomo mi equipaje. Tengo miedo y algo de ansiedad, pero mis amigos estan aquí y trato de sonreír. Por momentos soy optimista y pienso que cuando me llegue el turno de conocer al siguiente David, el me dira ‘vaya que estoy jodido, porque estar contigo me hace feliz’. Entonces sonrio.

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